La democracia como método de enseñanza

“Para ser eficaz, toda educación impuesta por las clases poseedoras debe cumplir …tres condiciones esenciales: destruir los restos de alguna tradición enemiga; consolidar y ampliar su propia situación como clase dominante; prevenir los comienzos de una posible rebelión de las clases dominadas”.

Iniciar un planteamiento sobre la educación pasa desde mi perspectiva por tener claro que es posible conocer y que el conocimiento es un producto social e histórico, así como, en reelaboración constante, que es posible construir colectivamente el saber.

La educación por lo demás si es verdad que es fundamento del cambio y del desarrollo, de la construcción de nuestro futuro, lo es en la medida de que se vincula a la práctica en razón de que el futuro “no es un dato dado sino un dato dándose”, es un asunto problemático y no inexorable. Solo un pensamiento y en una dinámica domesticada es posible considerar el futuro como algo ya sabido.

Construir un proyecto educativo, implica responderse a las preguntas sobre el ¿qué aprender?, ¿cómo aprender?, ¿para qué aprender?, e incluso ¿contra quién aprender?”.

En principio, es necesario considerar que en nuestra historia la democracia no ha pasado históricamente por nuestros puentes, que hemos vivido tradicionalmente con gobiernos antidemocráticos autoritarios, que el autoritarismo lo vivimos en lo social, en lo económico, en lo cultural e incluso pues, en la vida familiar.

Nuestro sistema actual -si algo le queda de democrático-, no pasa de ser una democracia puramente política, una democracia representativa y electoral, en la que a lo más se tiene el derecho del voto, derecho que se amplía al derecho de morirse de hambre y de dolor. Millones de compatriotas viven en el desamparo. Por lo demás nuestro país se encuentra en una grave situación desde el inicio del proyecto de los neoliberales.

“En el período neoliberal se ha construido menos infraestructura y obras públicas (carreteras, hospitales, escuelas, presas, sistemas de riego), se abandonó el campo; se suprimió toda la política de fomento económico; se arruinó al pequeño y al mediano comercio; se ha desmantelado la industria nacional, y estas actividades pasaron casi por completo a manos de extranjeros.

De 1982 a la actualidad, el salario mínimo ha perdido el 85 por ciento de su poder adquisitivo, el salario mínimo alcanzaba para comprar 56 kilos de tortilla, hoy sólo permite comprar 5 kilos; en 1982, del total de la población económicamente 23 activa, 35 por ciento tenía empleo en la economía formal. Hoy sólo tiene ocupación formal 22 por ciento y, según cifras oficiales, 12 millones trabajan en la economía informal. En 1982, salieron del país a buscar trabajo al extranjero 210 mil mexicanos; en 2007 tuvieron la necesidad de emigrar 582 mil. En este periodo, mientras las universidades privadas aumentaron seis veces el número de sus estudiantes, las universidades públicas apenas duplicaron su matrícula.

Este ha sido el periodo de mayor concentración de la riqueza en toda la historia de México. Un dato: en 2006, según Forbes y cifras del INEGI, el patrimonio de los 10 mexicanos más ricos era equivalente al ingreso de un año de la mitad de la población de nuestro país. Así mismo, en ese año, el 70 por ciento de las familias mexicanas vivía con ingresos menores a 8 mil pesos. Uno de los resultados más lamentables de esta política discriminatoria, es que de 1982 a la fecha, el número de pobres pasó de 32 millones a más de 60 millones; se duplicó”.

Triste y lamentable situación, que aunque cruda, “es la realidad. La espeluznante verdad: en México la riqueza de unos (pocos) se ha edificado con la miseria de otros (muchos)”.

Contamos con mexicanos que compiten en las grandes ligas y no deportivamente, existen entre nosotros grandes fortunas, de las más grandes del mundo, conviven en nuestro país la opulencia de algunos al lado de la miseria, miseria que en épocas remotas, ante el embate de la naturaleza, el ser humano habría compartido con los animales, pero hoy día, esta situación de exclusión social resulta ofensiva.

De tal suerte que requerimos impulsar la democracia participativa en nuestro país, en nuestras organizaciones, en todo ámbito de nuestra vida; en lo económico, lo cultural, lo social y político.

Desde el punto de vista de la educación, es posible enseñar la democracia y nos podemos proponer, precisamente, la “democracia como método de enseñanza”. Requerimos un método de educación participativa*. En la medida que aun en la enseñanza, quien impida la participación es autoritario e incluso quien no la fomenta también es autoritario. De tal forma, “la autoridad reconocida al compartir el poder no se habrá de debilitar sino que se fortalecerá”.

Por otra parte, es preciso clarificar que la participación es en nuestros días una palabra tan gastada como la de empoderamiento y capacitación. La participación y los otros conceptos mencionados le ha sido útiles a neoliberales, dictadores, así como a progresistas y revolucionarios, son conceptos ampliamente cargados de ideología y política, con su respectiva carga epistemológica implícita o explícita que llevaron a la acuñación del concepto de “participación”, especialmente cuando se trata de manipular y mantener en la subordinación a las masas y educandos en particular, por eso se necesita desentrañar el proyecto u objetivo al que ha de servir la participación, y la educación ó capacitación.

Hemos de considerar entonces que la educación no tiene carácter neutro, que la educación es por su propia naturaleza directiva, sin embargo, tampoco esta consideración nos ha de llevar a una actitud espontaneísta. “Una posición según la cual, en nombre del respeto a la capacidad de pensar y a la capacidad crítica de los educandos se deja a los educandos librados a ellos mismos, se deja a las masas populares, libradas a ellas mismas".

Entonces cabe preguntarse, ¿cuál es el rol del educador?, en definitiva, si no se es “mentiroso y demagógico o incompetente”, habrá de asumir un rol activo, es decir, como educador, educar. No podemos afirmar pues que el educando y el educador sean iguales porque el educador es diferente al educando por el simple hecho de ser educador. “Si se considerara que ambos son iguales, ninguno se reconocería. Lo que necesitamos, si se es progresista o más aún revolucionario, coherente, es saber que el educador también él se educa”.

De tal suerte que la educación que nos podemos proponer, es una educación liberadora, que estimule la participación, que estimule la capacidad crítica y autónoma de pensamiento, la autogestión entre los educandos y las organizaciones y especialistas. Y sin caer en el espontaneísmo, mucho menos caer en la manipulación. El hecho de no caer en la manipulación no nos hace espontaneístas. Debe existir un contrario positivo de estas posturas encontradas y esta es la radicalidad democrático-revolucionaria. Enseñar democracia es pues posible, pero no se realizará con personas bien intencionadas, con quienes pacientemente pierden el tren de la historia ó impacientes echan a perder el sueño posible.

El reto es realizar una educación vinculada a la práctica, para lograr lo inédito y posible, haciendo a un lado tentaciones y perversiones, como la vieja idea de que hemos de trabajar para la gente, que le sacaremos del subdesarrollo, ya que para construir un verdadera sociedad democrática en su sentido amplio, hay que trabajar desde la gente y con la gente.

De tal suerte que para desarrollar una educación liberadora y popular, podríamos iniciar con la formación de los educadores y especialistas, ya que es preciso que el propio educador y especialista se reeduque. En la medida de que la educación es verdad que no todo lo puede, sin embargo algo puede, siempre y cuando se vincule a la práctica partiendo de la “vieja idea epistemológica” que considera la práctica como criterio de verdad.

En tal virtud pongo a consideración iniciar nuestro trabajo con un taller sobre la “Democracia como método de enseñanza” dando un paseo por el papel de la educación históricamente como construcción de saberes colectivamente.